(Progreso y libertad) El que no puede parar está tan quieto como el que no puede andar y el que no puede andar no está más quieto que el que no puede parar ; sólo el quieto que puede andar está realmente parado y sólo el que anda pudiendo parar está realmente andando.
(Rafael Sánchez Ferlosio)
“Ha muerto un genio”. “El cine español se queda huérfano”. “El genio que reinventó el cine español”… Titulares unánimes: todos somos Berlanga. Y sin embargo, tan merecidos calificativos contrastan con la calidad de los DVD de sus películas: pésimo sonido, ausencia de subtítulos, inexistencia de información contextual. Para los españoles es difícil seguir los diálogos; para los extranjeros, imposible. Entre tanto homenaje, el verdadero acto de reconocimiento sería abrir su obra al resto del mundo, remasterizando sus películas, mejorando el sonido y añadiéndoles algo tan básico como subtítulos. Los usuarios de las filmotecas del Instituto Cervantes lo agradecerían. (Manuel del Cerro, Bruselas (Bélgica), Carta al director de El País de 17 de noviembre de 2010).
Como otros admiradores del cine de Berlanga residentes fuera de España, compruebo a menudo que, en comparación con los tres o cuatro cineastas españoles que se pueden comparar con él, el autor de El verdugo es casi un perfecto desconocido fuera de nuestros pagos. Tal y como resulta inevitable en estos casos, en el momento de su fallecimiento se levanta una efímera, sospechosa y embarazosa unanimidad en torno a su obra, a su persona, a su genialidad…
Hace unos meses, a la muerte de Miguel Delibes, sus verdaderos admiradores pudieron sentir una incomodidad semejante ante la exageración en las muestras de adhesión por parte de quienes jamás se habían interesado en la obra del novelista castellano, pero al menos, como magro consuelo, podían decirse que ésta – y esto es al final lo que importa – está muy bien publicada, tanto en volúmenes separados como en una excelente edición integral, sin hablar de las numerosas traducciones. Recuerdo haberme dicho a mí mismo por entonces, y haberlo comentado con otras personas, que no había de pasar mucho tiempo antes de que asistiéramos a un espectáculo semejante a cuenta de la muerte de Berlanga, conociendo tanto su deteriorado estado de salud como su avanzada edad, sólo que en su caso, los admiradores del cineasta valenciano no podríamos consolarnos de la misma manera, ya que su obra cinematográfica estaba y seguiría estando muy mal editada.
Excusa decir que, por desgracia – doble o triplemente por desgracia –, mis previsiones no iban equivocadas: don Luis ha muerto (…es “ley de vida”), durante tres o cuatro días “todos somos Berlanga” (como dice con ironía don Manuel del Cerro, que escribe desde Bruselas quejándose precisamente de lo mismo que yo), y su obra sigue siendo muy poco conocida fuera de España y, sobre todo, estando muy mal editada dentro de ella (lo que seguramente explica en parte lo primero).
El pasado 25 de junio envié al director de El País una breve carta elogiando el artículo de Santos Juliá aparecido ese día en el mismo diario. La carta era mucho más breve que de costumbre; además, en ella no parecía protestar por el contenido o el estilo de algún artículo (aunque en el fondo sí), todo lo cual tal vez explique por qué esta vez sí apareció publicada dos días más tarde, el domingo 27 (aunque amputada de la última frase y de algún adjetivo, pero seguramente quedó mejor así). Copio a continuación la carta tal como la envié.
Estimado señor director de El País,
Quiero expresar mi agradecimiento a don Santos Juliá por su magnífico artículo titulado “Duelo por la República Española”, publicado en la edición de hoy, 25 de junio de 2010. En él, el historiador no sólo demuestra su solvencia intelectual, de sobras conocida, sino también ― lo que es al menos igual de importante ― su gran sensatez cívica, su sentido de la responsabilidad. En medio de tantos autoproclamados republicanos de pura fachada, su evocación del drama de la República y su reivindicación profundamente republicana de la Transición están entre las pocas intervenciones saludables de estos últimos tiempos.
Y al propio diario El País, que desde hace algunos años ha tomado claro partido por quienes, so pretexto de ese dudosísimo invento de la “memoria histórica”, están intentado “denostar como mito y mentira” nuestra inestimable Transición, también quiero agradecerle el que, aunque sea como excepción, haya tenido a bien publicar un artículo como el del señor Juliá. Ya sé que no es el único texto a la vez bien informado y mesurado que el diario publica sobre este asunto, ya sé que ha habido algún otro, pero la verdad es que han sido muy pocos en medio de la auténtica marea de artículos y pseudo-reportajes empeñados en “arrojar al basurero de la historia” (por citar de nuevo a don Santos) el mejor capítulo, el menos triste, de la de nuestro país.
Espero no abusar de su bondad pidiéndole que tenga a bien publicar también este breve comentario.
Éste es el artículo de Santos Juliá al que me refería en la carta:
Duelo por la República Española
Santos Juliá
El País, 25 de junio de 2010
En la noche del 22 al 23 de agosto de 1936, Manuel Azaña y su amigo y abogado Ángel Ossorio mantuvieron una larga y dramática conversación en el Palacio Nacional. Habían llegado a Palacio las noticias de las atrocidades cometidas por milicianos en el asalto a la cárcel Modelo de Madrid, donde fueron abatidos o fusilados varias decenas de presos, entre otros Melquíades Álvarez, antiguo jefe político de Azaña en el Partido Reformista. Azaña no puede soportar el duelo inmenso por la República, la insondable tristeza que le produce la matanza y siente veleidades de dimisión. Ossorio, que ha sido llamado por Cipriano de Rivas, cuñado del presidente, intenta tranquilizarlo recurriendo a un argumento que irrita a su amigo, pero que acaba por calmar su ansiedad: las muertes de aquellas personas, muchas de ellas encarceladas con el único propósito de garantizar su seguridad, entraban en la “lógica de la historia”.
Esa conversación, que Azaña reproducirá en su diario y en La velada en Benicarló, condensa como ninguna otra el drama político y de conciencia vivido por un puñado de republicanos ― y por algunos socialistas ― ante la enormidad de los crímenes cometidos en los territorios que habían quedado bajo autoridad nominal del Gobierno legítimo. Lo vivían, ese drama, quienes, sabiendo de los crímenes y sintiendo repugnancia por tanta sangre derramada, decidieron mantenerse leales a la República. No se lo plantearon los que mataban, que consideraban la muerte de los representantes del viejo orden social como una exigencia de la revolución; tampoco quienes, sin matar, los justificaban por alguna “necesidad histórica” o porque antes de la revolución fue la rebelión, como el católico y jurista Ossorio; ni, en fin, quienes apoyándose en su comisión se apresuraron a poner tierra por medio para refugiarse en una tercera España que se pretendía neutral y se constituía, en París, como reserva de futuro.
De modo que el debate sobre la naturaleza y alcance de los crímenes cometidos en territorio de la República como consecuencia inmediata de la rebelión militar es tan viejo como aquellas semanas de julio y ha suscitado no solo apasionados enfrentamientos, sino grandes obras literarias, como el paseo por Madrid del profesor particular de filosofía Hamlet García, un álter ego de Paulino Masip; o la atormentada angustia de un joven juez durante los Días de llamas, de Juan Iturralde; o los cortos, magistrales, relatos de Manuel Chaves Nogales. Tal vez si nos situáramos en esa larga y honda corriente y abandonáramos la vana pretensión de decir algo grande y definitivo ― esa “puñetera verdad” a la que se refiere Javier Cercas ― que no se haya dicho ya mil veces sobre nuestro horrible pasado, evocaríamos los crímenes entonces cometidos en zona republicana como una tragedia por la que todos tendríamos que hacer duelo. Porque el duelo del que hablaba Azaña obedecía a la evidencia ― insoportable para quienes esperaron algún día que la República significara el amanecer de un nuevo tiempo ―, de que esas matanzas nada tenían que ver con su defensa ni con los valores por ella representados, sino con el comienzo de una revolución social que, entre otras catástrofes como acelerar la derrota, significaría, de triunfar, el fin de la misma República. Cuando se comparan los crímenes de los rebeldes con los de los leales, al modo en que Ossorio se lo decía a Azaña: ellos comenzaron; o se insiste en que fueron menos: ellos matan más; o se reducen a desmanes de incontrolados: ellos planifican; lo que se olvida es que esos crímenes obedecieron a una lógica propia, reiteradamente publicitada desde discursos de líderes anarquistas, comunistas y socialistas, repetidos cada vez que se cometía un crimen masivo: que era preciso destruir desde la raíz el viejo mundo, prender fuego a sus símbolos y proceder a la limpieza de sus representantes.
De esta suerte, muchos miles de asesinados en las semanas de revolución no lo fueron por ser franquistas ni por apoyar a los rebeldes: de lo primero no tuvieron tiempo ni de lo segundo, ocasión. Murieron porque quienes los mataron creían que una verdadera revolución ― que es una conquista violenta de poder político y social ― solo puede avanzar amontonando cadáveres y cenizas en su camino. Fue en ese marco y movidos por estas ideologías y estrategias como se cometieron en territorio de la República, durante los primeros meses de la guerra, crímenes en cantidades no muy diferentes y con idéntico propósito que en el territorio controlado por los rebeldes: la conquista, por medio del exterminio del enemigo, de todo el poder en el campo, en el pueblo, en la ciudad. Luego, desde los hechos de mayo de 1937 en Barcelona, la guerra continuó, la República consiguió rehacer un ejército y un mínimo aparato de Estado y, aunque no se puso fin a las ejecuciones sumarias, al menos se controlaron las matanzas.
Solo ahí comienza la verdadera diferencia en la que tanto insisten quienes califican de desmanes los crímenes de unos y de genocidio o crimen contra la humanidad los de otros. La diferencia consiste en que, a pesar de su rearme, la República no logró conquistar nuevos territorios, y dentro del suyo la limpieza ya había cumplido la tarea que se le había asignado sin que la revolución social hubiera culminado como revolución política: en un territorio progresivamente reducido era inútil ― y ya no había a quién ― seguir matando a mansalva, como en las primeras semanas de la revolución. Los rebeldes, sin embargo, cada vez que ocupaban un pueblo, una ciudad, proseguían la implacable y metódica política de limpieza valiéndose de la maquinaria burocrático-militar de los consejos de guerra. Eso fue lo que cavó un abismo entre la rebelión triunfante y la República derrotada, un abismo en el que sucumbieron otros 50.000 españoles fusilados tras inicuos consejos de guerra una vez la guerra terminó.
Uno de los vencedores, Dionisio Ridruejo, definió hace ya varias décadas la política de limpieza realizada por su propio bando como una operación perfecta de extirpación de las fuerzas políticas que habían patrocinado y sostenido la República y representaban corrientes sociales avanzadas o movimientos de opinión democrática y liberal. Una represión, escribía Ridruejo, dirigida a establecer por tiempo indefinido la discriminación entre vencedores y vencidos. ¿Cómo se podía derribar esa barrera divisoria, cómo se podía iniciar un proceso que clausurara esa discriminación? La historia se ha contado ya mil veces: no existía posibilidad de reconstruir la mínima comunidad moral en que consiste cualquier Estado democrático si gentes procedentes de los dos lados de la barrera no establecían una corriente en ambas direcciones para sentarse en torno a una misma mesa, hablar, negociar y llegar a algún acuerdo sobre el futuro.
Y eso empezó a ocurrir, en España y en el exilio, desde los contactos de la Alianza Nacional de Fuerzas Democráticas y del PSOE con la Confederación Monárquica al final de la II Guerra Mundial, y siguió con los encuentros de hijos de vencedores y vencidos en las universidades desde mediados los años cincuenta, con la política de reconciliación aprobada por el Partido Comunista en junio de 1956, con el coloquio de Múnich de 1962, con las reuniones de las comisiones obreras ― entonces todavía con artículo y minúsculas ― y de movimientos ciudadanos en locales facilitados por parroquias y conventos, con las iniciativas de diálogo y colaboración entre comunistas y católicos en los años sesenta y las Juntas Democráticas de los setenta. En todos estos encuentros se trataba de mirar al futuro sin dejarse atrapar por la sangre derramada en el pasado, de hablar por eso un lenguaje de democracia que daba por clausurada la Guerra Civil o, para decirlo como entonces se decía, que consideraba la Guerra Civil como pasado, como historia, no como algo presente que pudiera determinar el futuro.
Esta visión, y las consecuencias políticas de ella resultantes, es lo que está a punto de ser arrojado al basurero de la historia con la creciente argentinización de nuestra mirada al pasado y la demanda de justicia transicional 35 años después de la muerte de Franco. Denostada hoy como mito y mentira, la Transición fue el resultado de una larga historia española iniciada por un sector de quienes fueron jóvenes en la guerra y continuada por un puñado de quienes fueron niños en la posguerra. No es una historia de miedo ni de aversión al riesgo; consistió más bien en mirar adelante, recusando la herencia recibida, y no a los lados, desde donde no se esperaba ningún impulso democratizador. Esas gentes construyeron una democracia ― imperfecta, deficitaria, como todas ― sobre una experiencia política de diálogo y reconciliación en la que nadie pretendió defender las razones que pudieran haber asistido a sus padres cuando empuñaron las armas. Si cada cual, a la muerte de Franco, hubiera puesto encima de la mesa su puñetera verdad, es posible que todos nos hubiéramos ido a hacer puñetas dejando como única herencia el lamento por otra gran ocasión perdida.
Como lector que casi puede decir que aprendió, hace más de treinta años, a leer textos correctamente escritos gracias al diario que hoy usted dirige, no es ésta la primera misiva que le envío lamentando las incorrecciones o las torpezas de estilo que se publican actualmente en el mismo y señalando además la contradicción que este hecho implica cuando, un día sí y otro también, el propio diario celebra – o finge celebrar – lo buena y lo bonita que es nuestra lengua común. Hasta hace poco, el editorial solía ser uno de los pocos artículos en los que los lectores no encontrábamos tales errores, o si los encontrábamos, eran errores de escasa monta, ya que sus anónimos autores eran tal vez los últimos miembros de la redacción que aún sabían escribir de forma medianamente correcta. Pues bien, el editorial de hoy, lunes 22 de marzo de 2010, viene a desmentir este magro consuelo, ya que se titula sorprendentemente ‘Mea grandísima culpa’, escrito así, con unas comillas sencillas (que parecen querer indicar que se trata de una cita o de una expresión foránea), y ante lo cual los lectores nos preguntamos en qué lengua estará escrito semejante título. Si es – o pretende ser – el latín del Confiteor, los más descreídos, los más ateos y tal vez hasta los más iletrados de sus lectores sabemos que allí se dice “mea maxima culpa”. Pero como “grandísima”, no sólo por la tilde, no puede ser más que castellano, habría que entender “mea” como una forma del verbo “mear” (a saber: la tercera persona singular del presente de indicativo). Pero no, no es ninguna boutade provocadora, ni menos aún exabrupto blasfematorio, sino que se trata, sin duda, de una mezcla involuntaria (por no decir: de una confusión) del “por mi gravísima (o grandísima) culpa” del Yo, pecador (en castellano más o menos postconciliar) y del citado original latino. El resultado es algo a medio camino entre el latín macarrónico y el castellano de macarra. Eso, sólo en el título. Pero es que los lectores que, pese a todo, hayan llegado hasta el último párrafo de dicho editorial, habrán encontrado allí una antológica sarta de metáforas estupefacientes (como “vocaciones reducidas a la inanición”, “una laxitud, presa del pánico, en las ordenaciones”, “la zozobra que entraña una secularidad más compleja y exigente que nunca”, “hechos, de los que hay que exigir la cercenación [sic]”), y de expresiones semánticamente torpes (como es decir: “una reflexión que aboliera el absurdo celibato sacerdotal”, en vez de “una reflexión sobre el absurdo celibato sacerdotal que llevara a su abolición”). Como lector que casi puede decir que aprendió a leer gracias al diario que hoy usted dirige, me temo que ésta será la última misiva que le envío lamentando las incorrecciones, etc. Basta con consultar los archivos de El País para comprobar la diferencia que media entre cómo se escribía en él hace treinta años y cómo se escribe hoy. ¿Se ha preguntado, estimado señor director, a qué se debe esta evolución regresiva de su periódico? ¿No le parece grave? ¿Y no le importa que muchos de sus lectores estemos, a causa de ello, plateándonos pasarnos a otro diario (si es que encontramos uno que se parezca, aunque sólo sea de lejos, a El País de los primeros tiempos)? Esperando que tenga usted a bien publicar la presente en su sección de Cartas al Director, le saludo atentamente.
“Le slogan «plus haut», «plus vite», «plus loin» a débordé le cadre des jeux. Il inspire nos politiques culturelles, alors que la culture, cet art des détours, de la vacance, des mots et des pas perdus, aurait dû être, si nous tenons à une devise : «moins haut», «moins vite», «moins loin».” (Pierre Sansot, Du bon usage de la lenteur [1988]).
“L’idéal antique était un idéal de proportion, d’harmonie, d’équilibre, de juste mesure : il n’incombait pas à l’homme de s’affranchir des règles naturelles — mais de réaliser sa nature. Ce qui caractérise, à l’inverse, le sport moderne, c’est le culte de la performance. Les Grecs vivaient dans l’élément de la nature ; nous vivons, nous, dans l’élément de l’histoire. Il n’ya d’être, à nos yeux, que provisoire : le devenir l’emporte tout. L’excellence d’aujourd’hui sera périmée. Le destin des frontières n’est pas de marquer la finitude, mais de céder devant appel de l’infinitude. À la border, c’est-à-dire la borne, les confins, la ligne de démarcation, l’Amérique oppose la frontier, c’est-à-dire le front mobil d’une expansion continue. En ce sens nous sommes tous américains : dans le sport, comme ailleurs, le spectacle de la perfection laisse la place à celui du perfectionnement continu de l’espèce humaine. Coubertin qui se voulait un homme du retour dit cette rupture en latin : «chercher à plier l’athlétisme à un régime de modération, c’est poursuivre une utopie. C’est pourquoi on lui a donné cette devise Citius. Altius. Fortius. Toujours plus vite, plus haut, plus fort, la devise de ceux qui prétendent à battre tous les records !». Ce que Coubertin ne pouvait pas prévoir, et qui nous cueille nous-mêmes à froid, c’est le virement du plus en trop. «Trop vite, trop haut, trop fort!».” (Alain Finkielkraut, Nous autres, modernes [2005]).
“Al lado de la espuria enseñanza de la historia como interés de Estado, hay que poner el cultivo escolar de los deportes, con mucha más acrisolada tradición de neto interés de Estado, agigantado hoy en día hasta un extremo nunca conocido. Una vez más, doña Esperanza Aguirre, en la ya repetida conferencia recomienda el deporte en la enseñanza, encareciéndolo nada menos que como «una excelente escuela de vida», primero porque «nos enseña a respetar un reglamento» y después porque «el deportista entrega siempre lo mejor de sí mismo sin escatimar esfuerzos ni sacrificios». Lo de que enseñe a respetar un reglamento bien se comprende en una adicta al liberalismo hayekiano, que no es capaz de imaginar más reglas que las de la pura y dura competencia, sin concebir que pueda haberlas no competitivas, como las de la lealtad, el socorro o la colaboración. Y en cuanto a que el deportista entrega lo mejor de sí mismo, ¿hay que pensar que lo mejor de uno mismo son las patadas, que es lo que entrega el más popular de los deportes? Pero, además, ¡qué «humanidades», tanto ganar, ganar, ganar!, humano no es medirse con los otros hombres, sino tratar con las cosas. Finalmente, en lo que atañe a los esfuerzos y los sacrificios, siempre me ha parecido a medias incomprensible y a medias indecente que el vacío furor de ganar por ganar les lleve a algunos a tratar su cuerpo a latigazos, como si fuese su propio caballo de carreras. «Cuando el Diablo no tiene qué hacer, con el rabo mata moscas», dice el refrán; «cuando el santo no tiene en qué pensar – parafraseo –, se desuella la espalda a zurriagazos». Y, sobre todo, tan sólo una mentalidad totalmente aberrante puede considerar educativa y «de interés nacional» una asignatura que llega a dar lugar a situaciones como la de «partido de alto riesgo».” (Rafael Sánchez Ferlosio, La hija de la guerra y la madre de la patria [2002]).
Por casualidad me encuentro hoy con un artículo firmado por el presidente del Gobierno, se supone que para presentar a la sociedad en general y a los maestros en particular su “Pacto por la educación”, pero los lectores nos quedamos sin saber lo más mínimo sobre el contenido, o los términos, de dicho “Pacto”. Eso sí, pese a lo breve que es, el autor encuentra sitio para emplear varias veces las palabras excelencia, ambición, progreso, futuro y otras por el estilo. Contento a medias de que por segunda vez el horrendo fantasma del olimpismo se haya alejado de mi ciudad natal, y a medias descontento porque no les deseo nada malo ni a los brasileños ni a nadie, copio a continuación uno de esos textos breves de Ferlosio (¡…naturalmente!), que su autor publicó, en este caso excepcionalmente sin título, en su primera recopilación de pecios (Vendrán más años malos y nos harán más ciegos [1993]). A primera vista, se diría una reacción escandalizada ante un espectáculo de sadomasoquismo, pero no: se comprende inmediatamente que es un comentario sobre la hedionda ideología de la auto-superación, del olimpismo y de la búsqueda de la excelencia. Helo aquí: “¿Qué es esto? El hombre se azuza a sí mismo o se pone bozal, como si fuese su propio perro; se arrea a latigazos sobre sus propias nalgas o, embridado por propia mano y propia voluntad, refrena su carrera estirándose hacia atrás las comisuras de los labios, como si fuese su propio caballo; o, en fin, si hay que clavar un clavo, se empuña por los tobillos y golpea con la nuca la cabeza del clavo, como si fuese su propio martillo. ¡María santísima, qué barbaridad!”
Leo en la edición digital de El País de hoy, 31 de agosto de 2009, una noticia sorprendentemente titulada “Una disculpa [sic] para el matemático que cazó a los nazis”. Además de en el título, la palabra disculpa se repite otras tres veces en el cuerpo del artículo, siempre con un sentido no sólo muy diferente sino en cierto modo contrario al que esta palabra tiene. En uno de esos tres casos, se trata de la traducción, convenientemente entrecomillada, de la declaración que hace al respecto un señor británico, pero no sé, ni me interesa aquí, cuál es la palabra inglesa que en ese caso se intenta traducir por disculpa. Es muy posible que el error que aquí se comete esté ya en el original.
Una confusión puramente léxica, o terminológica, esconde casi siempre una confusión conceptual, en este caso muy grave. Y es que, aunque puede y suele pedirla el ofensor, una disculpa sólo puede otorgarla el ofendido. En este caso, el Gobierno británico actual podrá tal vez pedir disculpas por la ofensa que reconozca haber causado, o el daño que reconozca haber infligido, pero jamás podrá pronunciar, emitir o producir él mismo una disculpa si no quiere incurrir en un absurdo. Esto solo le cabe hacerlo al dañado o al ofendido, si considera, por ejemplo, que el reconocimiento de la ofensa causada o del daño infligido es suficientemente sincero y profundo, o por la razón que sea; no obstante, el ofendido también puede otorgar la disculpa incluso sin que se la hayan pedido (aunque hemos de reconocer que este caso es poco frecuente). Por otro lado, la distinción entre una simple aceptación de las disculpas pedidas y la verdadera otorgación del perdón (que serían dos de las respuestas posibles por parte del ofendido a la petición de disculpas por parte del ofensor) es muy interesante pero mucho más sutil. En cambio, la diferencia entre la disculpa que pide el ofensor y la que otorga el ofendido es crucial, y si las confundimos como en el artículo en cuestión me temo que vayamos muy desorientados y aun perdidos en un mundo de “humillados y ofendidos” – si se me permite la pedantería – como lo es especialmente el nuestro.
Otra cosa es que – hablando ya del fondo y no de la forma –, en el caso particular de que trata el artículo, resulta muy discutible que el actual Gobierno británico deba ser considerado como el ofensor de Alan Turing simplemente porque es sucesor de un Gobierno que lo condenó en 1952. Al fin y al cabo, hace ya muchos años que otro Gobierno británico (como también ha ocurrido en otros países) despenalizó las prácticas homosexuales, y hoy el atroz castigo al que se le sometió es considerado casi unánimemente como horrible, por no decir escandaloso.
Pero incluso si admitiéramos una “herencia” semejante, queda un segundo problema aún más difícil: ¿a quién debe el Gobierno británico, o quienquiera que sea, pedir disculpas por una ofensa, cometida por quienquiera que sea, cuando ya no hay ofendido que pueda concederla? ¿Y qué significan esas disculpas que ya de antemano se sabe que nunca podrán ser otorgadas?
Finalmente, el triste caso del gran matemático no fue, por desgracia, más que uno entre probablemente cientos o miles sólo en el Reino Unido, y la gran mayoría afectaron a personas por así decir anónimas y desprovistas de los grandes méritos de Turing que nos recuerda el artículo (méritos científicos y patrióticos que tampoco hay que confundir), por eso se pregunta uno por qué no se pide la rehabilitación para todos. Pero, mucho más sencillo, por qué no se considera que la despenalización de las prácticas homosexuales (en el Reino Unido y, felizmente, en la mayoría de los países) presupone, implícitamente, la rehabilitación póstuma de quienes sufrieron la injusticia de las leyes que penalizaban dichas prácticas. Y si se me permite expresar mi sentimiento al respecto, el caso de Alan Turing, con total independencia de sus méritos científicos y patrióticos, me lleva a sentir compasión por su suerte y la de quienes sufrieron como él, pero no creo que deba dejarme llevar por la tentación de la indignación, casi siempre mala consejera, pero tentación y práctica que tanto gustan a nuestros contemporáneos.
Esperando que pueda usted publicar la presente en su sección de Cartas al Director, le saludo atentamente.
Estimado señor director de El País, No es la primera vez que me dirijo a usted para hacerle partícipe de mi parecer sobre el contenido y, en especial, sobre la forma de algún artículo publicado en el diario que usted dirige. En relación con la noticia de la aparición en librerías del Nuevo tesoro lexicográfico del español, publicada en la edición digital de El País de hoy, 10 de diciembre de 2008, observo que, en el recuadro reservado a lo que llaman “cobertura completa”, aparece, junto a la ministra de Educación, doña Mercedes Cabrera, y aun precediéndola, el escritor Antonio Muñoz Molina, de quien no se habla en el artículo, y no el ministro de Cultura, de quien sí se habla en el mismo, pero que comparte con el colaborador habitual de El País uno de los apellidos y que por cierto fue no hace mucho su superior en el Instituto Cervantes (en el cuerpo del artículo se lo llama César Antonio de [sic] Molina). Además, en una instantánea tomada por Manuel Escalera que ilustra la noticia se ve al director de la RAE, don Víctor García de la Concha, de pie en el centro leyendo un discurso, pero en su pie de foto sólo se menciona a los dos ministros que aparecen a la izquierda de la imagen. Vaya por delante que no tengo nada en contra del autor de Sefarad, que es, al contrario, uno de mis columnistas preferidos, y estoy seguro de que él habrá sentido cierto embarazo al verse mencionar en una noticia en la que él no tenía parte alguna, y además precediendo a la señora ministra. En la confusión de su nombre con el del ministro del ramo (que por cierto no es santo de mi devoción, pero precisamente esto es indiferente), en la triple indelicadeza que supone colocar el nombre de un colaborador de la casa (aun cuando no hubiese habido error) por delante del de una ministra, y finalmente en el olvido de mencionar al director de la RAE al pie de una foto en la que éste ocupa la parte central (donde no se sabe si el que lo ha redactado lo conoce, y que para un lector no enterado podría resultar equívoco), yo leo, o interpreto, una prueba más de la desidia con la que se ha redactado y ultimado la noticia. Ni siquiera voy a comentar el cuerpo del artículo mismo, que más parece pergeñado por un especialista en récords, ni el infecto patrioterismo que es casi lo único que se añade a las cifras… Esto que acabo de hacer se llama, como todo el mundo sabe, una preterición, puesto que en la misma frase hago lo que empiezo diciendo que no voy a hacer. Pero es que utilizar el patrioterismo y la autosatisfacción cada vez que se habla de la lengua, haciendo creer que la lengua le importa aún, aunque sólo sea un poco, a alguien, al mismo tiempo que precisamente a la lengua se la maltrata, se la descuida, se la ignora supina, soberanamente, es algo ante lo cual algunos de sus lectores no podemos dejar de reaccionar. Basta con leer los archivos de su propio periódico – felizmente consultables de forma gratuita – para darse cuenta de la diferencia que media entre cómo se escribía hace treinta, incluso veinte años, y cómo se escribe hoy. Dejen de fingir que les importa la lengua cada vez que se inaugura una nueva sede del Instituto Cervantes, o cada vez que la Academia publica una gramática o un compendio lexicográfico, y hagan el favor de demostrar con los hechos, o al menos con las actitudes, que hay un mínimo de sinceridad en semejante interés, es decir, preocúpense de verdad de la corrección léxica y sintáctica de los textos que publican y, en cuanto a los contenidos, eviten especialmente las estúpidas y sonrojantes tentaciones patrioteras. Agradeciéndole de antemano que tenga a bien publicar este texto en su sección de cartas al director, me despido atentamente.